Sonrisa definitiva

He cambiado de blog. Yo he cambiado y por eso me apetecía apoderarme de un nuevo lugar. No es la peor cosa que he hecho. Tampoco la mejor. Pero no soy mala o buena persona por eso. Las cosas no tienen que ver con equidistar de ningún punto. Eso me lo digo muchas veces. Yo nunca me digo muchas cosas. Por eso cometo tantos errores. Tú has sido un error. Lo peor es que lo sabía. Yo me he acostumbrado a errar. El atractivo de equivocarte dura apenas unos segundos, al darte cuenta y sonreir un instante. Pero no trasciende en mi mente más allá que cuando bebo demasiado. De todas formas, me hace gracia. Nadie me había echado antes de su lado. Yo te despojo de mi sitio. Yo controlo tu IP. También controlaba tus mentiras. Venía a ser tu vida toda. Aún así no me arrepiento de que te vaya a ir mal. Tengo un nuevo blog. ¿Sabes por qué sé que es nuevo? Porque sólo entro yo. Es mío. No escribo cosas interesantes. No escribo historias realmente buenas. Igual que aquí. Pero en otro aquí. Te has ido y, de pronto, jamás me había sentido tan acompañado. He vuelto a todo el mundo. Y ya todo ha pasado. Durante dos días te guardé luto. Incluso durante media hora -bueno, no lo recuerdo del todo, quizás veinte minutos- te eché de menos. Ahora podrías dejarme comentarios insultantes, igual que hiciste una vez, en otro sitio. Pero esta vez ni los borro ni los guardo.
