miércoles, julio 26, 2006

Pasado mañana.

Creo que lo voy a dejar porque mi voz se tiñe turbia, y escupe sapos. Y Aznar defiende que la OTAN debiera bombardear Líbano. Creo que lo voy a dejar porque tú me lees, a veces. Tendría que saber dejarlo, y escapar a aquella esquina donde me esperas fumando un cigarrillo mientras tu pecho aguanta el frío y el dolor.
No caben más batallas, ni desdicha, y el coraje que me falta me lo bebo a sorbos después de comer.
Si lo dejo o no lo dejo no me preocupa, siento más perder el horario de verte: las visitas. Es como entrar vacío en una habitación vacía para después salir solo y volver a entrar cogidos de la mano, y llenar la habitación, y cerrarla por dentro. Después hay que limpiarla, tener cuidado con la humedad y el frío y el calor. Y cambiarle los colores porque si vuelve a estar vacía necesitas huir hacia otro lado, o mirar al menos. Aún más los domingos cargados de periódicos y dominicales.

martes, julio 25, 2006

Te extraño

Miro al techo que hoy ha vuelto a gotear,
hacía tiempo que no llovía así.
Y cada gota golpeando contra los cacharros de metal
me hace pensar unas veces en sangre y otras veces en ti.
Lo que en realidad viene a ser lo mismo.
Lo que, por crueldad, ahora viene a dar igual.
O puede ser un ángel que una vez perdió la fe y fue expulsado,
y que ha venido a agonizar justo encima de mi hogar y estas gotas sean sus lágrimas.
O puede que sea hora de entrar ya en razón
y llegar a comprender que dentro de este horror no hay literatura, no,
y eso tú lo sabes bien a fuerza de caer una y otra vez
en una trampa mortal que en el tiempo dura ya ocho años y medio.
Seré muy breve: te quiero, y esto duele.

Y vino un pájaro a posarse en mi ventana.
Tenía una ala rota y su plumaje era gris y azul.
Y al acercar mi mano y comprobar que no, no echaba a volar
supe de inmediato que lo enviabas tú.
Lo tomé entre mis garras y lo dejé morir,
y cuando lo hizo aún llovía aquí.
Y la sangre al gotear entre zarpas de animal presagió mi suerte,
como una ave que voló de Madrid hacia Gijón aun herida de muerte,
reescribiendo la espiral de prometer hacerlo bien,
de cometer un nuevo error, de no saber pedir perdón o pedirlo demasiadas veces.
Y aunque ahora escupo una oración helado de terror ningún dios responde aún.
¿Soy yo el que no ve o es que todavía no se hizo la luz?
Seré muy breve: te extraño, y esto duele.

Trato de encontrar una salida
pero no recuerdo ni por dónde hemos entrado aquí.
Y contemplo junto a mí el cadáver del que fui,
según tú, en una ocasión,
y es la mancha de humedad la de la herida mortal impregnada en el colchón,
y ahora que te oigo llorar en lugar de ir hacia ti
me vuelvo a anastesiar y me limito a subir el volumen del televisor,
o me concentro en recordar, para no pensar en ti,
que tendría que llamar y que alguien venga a reparar la gotera de una puta vez,
que ya cansé de recoger litros de agua gris, gris como un metal
que un día relució y que ahora es suciedad.
¿Qué se hace para amar lo que quise despreciar ya una y mil veces?
Seré muy breve: te he perdido, y esto duele.

EL DESENCANTO, de Jaime Chavarri (1976), y DESPUÉS DE TANTOS AÑOS, de Ricardo Franco (1994)

La historia del cine está llena de experimentos: algunos, con el paso del tiempo se acaban considerando fallidos o banales; otros, por el contrario, adquieren dimensiones casi míticas, como es el caso de El desencanto. Pensado, en un principio, como un cortometraje documental sobre la familia del poeta Leopoldo Panero –cuya sugerencia inicial, al parecer, partió del propio Michi Panero–, el experimento pronto se escaparía de las manos de Jaime Chavarri e iría engrosando su metraje y decidiendo por su cuenta su contenido. Y no podía por menos de ser así, pues los protagonistas desbordan con creces las expectativas de cualquier intento de dirección, creando sus propios personajes, que, a su vez, toman las riendas de la película.

Los entresijos de su psicología se ofrecen en toda su complejidad al espectador, a modo de herida abierta por la cual no sólo se atisba el desencanto de la España del franquismo –que Chavarri pretendía reflejar–; la muerte del padre da pie a un ejercicio de crítica ajena y propia, con ferocidad desacostumbrada sin duda para los espectadores en el momento de su estreno (y a la que hoy nos ha habituado ya la proliferación de reality shows). Los hijos tratan de poner en su sitio a la figura de un padre que, fallecido tiempo atrás, no puede defenderse; haciéndolo, es inevitable que se analicen unos a otros, intentando definir sus respectivas posiciones dentro de la familia. Pero la crudeza de sus declaraciones (a diferencia de los espectáculos a los que nos tiene acostumbrados nuestra actualidad) desnuda sus espíritus y la confrontación de los miembros del núcleo familiar de los Panero, a modo de reunión de máscaras griegas, provocan la catarsis del público, al exhibir sus pequeñas miserias, ínfimas, como cabezas de alfiler; en algunos momentos la máscara cae, mostrando, casi insensiblemente, el dolor íntimo –y por qué no, deleitoso– que encierran sus vidas.

El desbordamiento verbal del hermano mayor (Juan Luis Panero) y del menor (Michi, recientemente fallecido) plantea, in media res, los problemas familiares candentes; la verdad que se oculta tras las relaciones; la pugna entre hermanos por ocupar el lugar vacío que ha dejado el padre, y la aceptación de esta situación por parte de la madre. A la vez, sus circunstancias vitales reflejan, hoy más aún si cabe, por el tiempo transcurrido y el distanciamiento a que da lugar, aspectos cruciales de la reciente historia de España. Los “asesinos de los ruiseñores”, “la estirpe infiel de los Panero” denostada por Neruda, conjuga tanto la ambigüedad de la generación poética de la posguerra, su superficialidad fingidamente trascendente, su necesaria falsedad (y su inevitable verdad), como su opuesto, encarnado en la transgresión de toda norma, en el buscado satanismo de Leopoldo María. En último extremo, estas cualidades tienen su raíz en esa locura poética y real que lleva al ser humano al conocimiento de sí mismo.

La ausencia de Leopoldo se prolonga durante una gran parte de la película, mientras se nos presenta a Juan Luis, empeñado en seguir ocupando el papel principal, y desempeñando el papel de bufón, alternando conscientemente lo grotesco con lo serio: es inolvidable la escena en que enumera sus “fetiches”, como también lo es aquella en que relata la muerte de su padre. La inseguridad y la nerviosidad de Michi, ese chico tan mono, cobran diversos matices a lo largo de la película, cuando asume el papel de “entrevistador” de su madre, o bien cuando se complace en provocar la irritación de Juan Luis; quizá una de las escenas más sublimes del filme es aquella en la que deja traslucir la idealización que ha hecho de su madre, citando un verso de Rimbaud. Michi aparece aquí como eterno adolescente, desubicado y con las alas cortadas en el mundo franquista que le tocó vivir; sin embargo, es patente la intrascendencia de esa circunstancia, su desazón vital que, al no hallar cauce alguno, se dilata en la pereza y en la abulia. La pericia narradora de la madre, Felicidad Blanc, no logra ocultar cierto cinismo y un afán de protagonismo que tal vez siempre le había sido negado.

Al inicio de la película, la figura de Luis Rosales, que aparece dando un discurso en el día en que se descubre en Astorga una estatua de Leopoldo Panero, ofrece un extraño contraste con los niños vestidos con trajes regionales; su andar indeciso, como el despiste generalizado de los habitantes del pueblo, parecen estar reflejando la impericia de los españoles en la transición. Las palabras de Luis Rosales surgen como vestigios ampulosos de una época pasada, que sin ser del todo mentira, ocultan gran parte de la verdad; en esa secuencia, la familia proyecta una mirada sesgada sobre la escena que se desarrolla ante sus ojos. Rosales es también protagonista de algunas de las anécdotas magistralmente relatadas por Felicidad Blanc, que sin duda no fueron muy de su gusto. (Al parecer, tras el estreno de la película, Felicidad Blanc propuso a Luis Rosales tomar algo después, y él replicó: «Ya por hoy he tenido suficiente».)

El meollo de la película es sin duda la prodigiosa infancia de Leopoldo María, presentada primero por los demás, y pormenorizada y matizada en sus anécdotas, por el propio poeta; la infancia –tema fundamental de la película– se revela finalmente como el lugar en el que permanece anclado el ser humano. No en vano Leopoldo estuvo influido por Ana Mª Moix en su peterpanismo: «En la niñez vivimos, y después sobrevivimos».

Entre todo este denso material, poético por su naturaleza y por la aquilatada expresión de sus protagonistas, el mérito de Chavarri está sobre todo en haber sido capaz de ordenar un material tan valioso como caótico, y en haberlo acompañado sabiamente con la primera página de la sonata 959 de Schubert, cuyos doloridos acordes, en su reiteración, nos terminan de confirmar lo aburrido que hubiera sido ser feliz.




Ya en 1994 llegaría Después de tantos años, película en la que Ricardo Franco retoma la labor de retratista emprendida por Jaime Chávarri dos décadas antes. Al igual que tantos descendientes de los prohombres del régimen franquista –su padre, pese a haber estado a punto de ser fusilado a comienzos de la guerra por los nacionales como consecuencia de su amistad con destacados poetas comunistas, terminó por alistarse en las tropas de Franco para acabar, ya en los años 50, siendo director del Instituto de Cultura Hispánica–, el joven Panero se siente fascinado por la izquierda radical. Vive pues con la pasión que corresponde la aventura de la clandestinidad.

Su militancia antifranquista constituirá el primero de sus grandes desastres y le valdrá su primera estancia en prisión. De aquellos años jóvenes datan también sus primeras experiencias con las drogas. No obstante, se engañan quienes piensan que sus viajes a los paraísos artificiales los que le llevaron al manicomio por primera vez. Es el resquebrajamiento de un paraíso tan verdadero como la infancia y, sobre todo la exacerbación de la lectura, lo que –si es que verdaderamente la ha perdido– hace a Panero perder la razón. Las voces que oye nuestro poeta nada tienen que ver con esas otras que agobian a los desequilibrados entre los que vive desde hace más de 15 años. En los oídos de Panero susurran Lewis Carroll, Edgar Allan Poe, James M. Barrie, H. P. Lovecraft...

Es por ello que sus constantes reclusiones no le impiden desarrollar una copiosa bibliografía no sólo como poeta, sino también como traductor, ensayista e incluso narrador.

Leopoldo María Panero, poeta terminal (como lo fueran Rimbaud, Lautrèamont, Blake, Bataille, Artaud, Baudelaire…), hijo y hermano de literatos, narrador de cuentos imposibles, ensayista desequilibrante, actor en películas sobre sí mismo, esquizofrénico, suicida, vagabundo, alcohólico..., ha hecho lo que sólo unos pocos elegidos, particularmente temerarios, pueden llevar a cabo: mezclar vida

La obra de Panero posee una profundidad lírica inaudita, lacerante, explosiva. Nos salva al tiempo que nos condena y literatura, y vivir para contarlo.

Leopoldo María Panero no sólo es el único poeta maldito de nuestro panorama literario, sino también el transgresor por antonomasia de nuestras letras y uno de los mejores poetas de su generación.


Leopoldo tiene casi treinta libros, de esos que son buenos, imprescindibles.

De Michi os dejo que busqueis el disco de Nacho Vegas o el docuvídeo que hace Bunbury con su hermano.


El hombre que casi conoció a Michi Panero.
Nacho Vegas.


Es hora de recapitular las hostias que me ha dado el mundo.
Hoy querrán oír mi último adiós.
Bien, poco a poco van llegando y yo los recibo en batín.
Y unos me llaman chaval y otros me dicen caballero.
Alguno no se ha querido pronunciar.

Yo una vez tuve un amor, pero si he de ser sincero dije "no" en el altar y cuando digo no es no.
Fracasé una vez, fracasé diez mil y aún así alzo mi copa hacia el cielo en un brindis por el hombre de hoy y por lo bien que habita el mundo.

¡Mirad, las niñas van cantando! (Niñas) Shalalaralalá ...

Y no me habléis de eternidad. No me habléis de cielos ni de infiernos más. ¿No veis que yo le rezo a un dios que me prometió que cuando esto acabe no habrá nada más? Fue bastante ya...

Nunca fui en nada el mejor, tampoco he sido un gran amante. Más de una lo querrá atestiguar. Pero si algo hay capital, algo de veras importante, es que me voy a morir y cuando digo morir es morir. Lo he pasado bien, y casi conocí en una ocasión a Michi Panero, y es bastante más de lo que jamás soñaríais en mil vidas.

¡Mirad, las niñas van cantando! (Niñas) Shalalaralalá ...

Dejadme preguntar: ¿Es esto el final? Y si es así, decid: ¿Me vais a extrañar? ¡Veo que asentís pero yo sé que no! Qué lástima, no dejaré nadie a quien transmitir mi sabia; consideré insensato procrear. Y diréis de mí que soy un viejo verde y cascarrabias, y diréis muy bien, y cuando digo bien es bien.

¡Largo ya de aquí! ¿Qué queréis de mí? ¿Es mi alma o es mi dinero? Si de uno carezco y la otra es una anomalía en esta vida.

¡Mirad, las niñas van cantando! (Niñas) Shalalaralalá ... (Muy bien niñas)

¡Y unos me llaman chaval, y otros me dicen caballero! ¡Alguno no se ha querido pronunciar! ¡Yo una vez tuve un gran amor, pero si he de ser sincero dije "no" en el altar, y cuando digo no quiero decir que no! He bebido bien, y casi conocí en una ocasión a Michi Panero, y ahora brindo en paz por la humanidad y por lo bien que habita el mundo. ¡Escuchad, os lo diré cantando! (Viejo) Shalalaralalá ...

lunes, julio 17, 2006

Princesa

Hay princesas con bocas de fresas. Las hay de las de "déjame veinte duros", o que buscan tipos que coleccionar a los pies de su cama. Hay princesas, amores, y fango.
No se distinguen y después no se olvidan. Las princesas duelen o joden, y por eso se quieren, se quieren también al lado.
Ser triste es condición indispensable para ser princesa. Quizás también lo sea hacer daño, aunque esto siempre pensamos olvidarlo y no lo consideramos trascendente.
Hay princesas de León de Aranoa, republicanas, deportistas bañadas en anfetas, juguetonas, sensibles, mandonas, cascarrabias, preciosas, lejanas, extra de queso.
Las hay encantadas, brujas, periodistas, ajenas, ninfómanas, con miedo, de cuento, en palacio, sin principe, en huelga.
Hay que tener cuidado.

miércoles, julio 12, 2006

Arde la calle

-Esta es la luna de miel que nuestro matrimonio necesitaba.
-Necesita algo más que esta arena y estas sombrillas.
(Esta fue la última noche que se vieron)

Son algo más de las tres y media de la tarde. Debe ser verano. La televisión aburre, apenas es digerible ver a un pelotón de ciclistas cruzando prados verdes e intemporales. El sonido del ventilador se agudiza en tu cabeza pero no consigue secar esa línea de sudor que va atravesando tu cara, desde la frente. Los brazos aplomados, con falta de sueño, te hacen casi imposible alcanzar el paquete de cigarrillos que queda justo encima tuya, a la altura de la mesa, en la mesa. La habitación se sostiene en cuatro paredes blancas atravesadas por una puerta y una ventana. Además de la mesa, el televisor, el ventilador, tú y el tabaco, encontramos cuatro sillas, que vigilan cada una de las paredes, casi perfectamente situadas. La mesa está sucia, llena de platos, vasos, botellas y ceniceros. Las sillas están llenas de ropa, también sucia, las cuatro.
Hoy te has levantado a las ocho y cuatro de la mañana, te has duchado y vestido con lo único limpio que te quedaba, y después has bajado al bar a desayunar. A las nueve y catorce has leído el periódico y has sonreido al encontrar una foto de la ciudad donde naciste. Después has ido a trabajar, hasta las dos y cuarenta del mediodía, cuando regresaste a casa.
No sabes que te encontrarán dentro de tres días, nueve horas y veintisiete minutos, tumbado en el mismo sitio, con el ventilador y la tele encendidos. Jamás hubieses pensado que tardarían tanto en dar contigo si estuvieras con el teléfono apagado o no lo descolgaras, te creias menos prescindible.
La leche con lejía contribuirán a borrar los restos de cocaína de tu cuerpo, será la misma lejía que usará despues una chica de treinta y tres años, soltera y con un hijo, a la que tu cuñada contratará para borrar las manchas de sangre de la pared y del suelo. Las sillas jamás se ensuciarán, cubiertas por la ropa.
Dos dias más tarde, a las diez y nueve de la mañana, una chica sonríe al ver tu foto en el periódico. Siete segundos más tarde una lágrima salará su café cortado.
Casi veintiuna horas más tarde, la chica soltera de treinta y tres años abandonará su trabajo después de tener que limpiar, otra vez, sillas y sangre.

Amapolas

Olvidar a alguien no es fácil, tampoco sé si es bueno.
A veces me quedo en la cama después de despertarme intentando no recordar cosas cotidianas, intentando pensar que estoy esperando que venga mi madre a despertarme y decirme que me vista y vaya a desayunar, que ya son las ocho y que llegaré tarde al colegio.
A menudo nos caemos en cualquier acera y nos duelen las manos de parar el suelo.
Hay días frágiles, con ganas de llorar.
Hay personas que son necesarias en tu vida y que no están o no estarán, entonces te preguntas si son tan necesarias y no sabes qué contestarte.
Debemos amar, amar profundamente y besarnos mucho; y preguntarnos por las noches o por las mañanas -nunca en medio- si vamos a la deriva.
Hay que salir de la cama, y tomar café -au lait- y fumar, y mirar el móvil, y darte una ducha, y perdonar todo lo de ayer con una sonrisa entre los labios.
Hay que sentirse bien hoy, con lo que somos hoy, y lo que tenemos, sin querer cambiar nada, y sin tener miedo, jamás hay que esperar nada ni a nadie. Todo eso es un error.