Credo número dos
Creo que demasiadas cosas y sitios, personas y fechas, me atrapan, me espesan, casi no me dejan huir. Y me siento al borde de la escalera, donde nunca quise estar. y me levanto. Y me vuelvo a sentar. Y enciendo otro maldito cigarrillo que consigue que vuelva a respirar, aunque sea una sensación que dura apenas segundos. Y vuelvo. Y vuelo, como evadiéndome de tu cercanía. Y consigo caer adonde estaba, al borde de la escalera, a sus peldaños. Me apoyo en la baranda. Pienso que es el único apoyo que tengo. Y me engaño otra vez. ¿Por qué lo hago?
Mírame, ya no tengo edad para buscar.
Consigues sacarme de quicio, y ni siquiera dejas que te olvide. No quiero juzgarte, ni me gustaría estar en tu lugar. No sé qué quiero que me des, ni sé si quiero que me lo des. No sé si más, no sé si menos.
Cierra los ojos. ¿Me ves?
Mis hijos están vacíos, dentro de ti. Mi alma da vueltas por el cuarto, cuando miro al techo la veo y me hace gracia. Mi causa la perdí hace tiempo.
Vente conmigo. Ese es el pueblo del que te hablé.
Masticaremos la desdicha y la apatía, y beberemos la soledad. Seremos solidarios e indulgentes. Y pondremos en marcha una industria familiar: de esencia de rosas, o de turrón del blando.
Y saldremos a ese bosque a perdernos, y a caminar. Los días de lluvia sacaremos el sol afuera, y los soleados lo volveremos a meter en casa. Y llenaremos todo de cenizas, del rencor de nuestras vidas pasadas. Y vocearemos palabras sin sentido, a cada cual más estúpida. Y reiremos.
Recuérdamelo.
