Todos hemos tenido amigos que eran pareja, que no es lo mismo que tener una pareja de amigos.
Todos hemos asistido alguna vez al desenlace final y doloroso de una pareja de amigos que, como todas las parejas, se dejan y se hacen todo el daño que pueden.
Yo nunca podría decir qué hay que hacer para no hacer daño porque mis experiencias me avalan. Aunque yo, supongo que como todos, también he buscado más de seiscientas veces cuál es la forma.
El daño, el dolor, siempre está porque siempre es alguien de los dos el que está más preparado o concienciado para dejar al otro. Alguien de los dos nos hace más daño porque presenciamos el acto final de algo, de un plan que sabemos que tenía pensado desde ayer, o desde la semana pasada, mientras dormía conmigo o contigo.
Pero es inevitable, no hay culpas, o son compartidas. Es preciso dejar y ser dejado para aprenderlo.
Yo nunca podré aconsejar porque siempre seguiré siendo el peor ex del mundo. A veces casi lloro por pensar que conozco tanto y demasiado a personas que ni me hablan, que ni me miran, a las que le he hecho tanto daño, un daño que nunca supe evitar simplemente porque después te das cuenta que es inevitable. ¿Cómo me puede odiar alguien a quien tanto he querido y aun quiero?
Yo lo llevo como puedo, siempre quedo al amparo de la relación que la otra persona desee tener conmigo, siempre mejorable con la distancia que te da el tiempo. Y ojalá esto nunca suene a consejo, Dios me libre. Esa relación que te da el tiempo carece de apenas confianza, pero yo lo veo normal, o ¿alguien cree que es normal mantener la misma armonía entre dos personas después de pensarte no amado, de sentirte desestabilizado, jodido, de todo?
Desde fuera todo es más fácil, y cada persona es un mundo, casi siempre un tercer mundo.
Pues eso, yo he errado más que nadie, a mí me ha dolido más que nadie y, seguramente, soy la persona que más dolor he causado. Con éste amplio curriculum me dispongo, por primera vez en mi vida, a opinar casi de puntillas sobre mis amigos.
Me habéis cansado, tú más que ella. No soporto no dejar jamás de conoceros, y cada vez más; y a mí me jode tremendamente (ahora comprendo a algunos de mis amigos) que no sigáis juntos, pero supongo que es inevitable. Ambos estáis ya cansados de quejaros por tantas cosas, ya ha pasado el tiempo de echaros cosas en cara, de culpar, de exculpar, de disuadir, de penalizar, de soportar. Yo aún no me he quejado. Sois tan maravillosos, os quiero tanto, que llevo tiempo perdonando. No pidáis algo que no existe, no intentes mantener algo que has olvidado.
Dejad que pase el tiempo con la mirada errante sin niguna dirección, o tendréis que soportar también mi ruptura.
Si yo sé que os queréis más que a nadie, si os lo he leído en los ojos a los dos, por qué seguir empeñándose en mantener lo absurdo alrededor.
Me gustas cuando estás conmigo, cuando estamos juntos los tres todo es distinto, nadie es igual, todo jodido.
Me parece perfecto que toméis café los jueves tarde, que os contéis mentiras los martes por la mañana, que seáis perfectos, pero nunca olvidéis que os conocéis, que aprendisteis juntos, que compartíais todo y nada, o que yo soy de los dos; y nigún juez me va a decir a qué calle me toca viajar, también conozco caras y escucho el Eje del Mal.